Vivimos en un mundo de múltiples violencias. Un mundo que lucha por la supremacía del poder, la razón y la fuerza. Es en esas gestas, motivadas por los más nobles deseos, o por la ambición más incoherente, que la historia da forma a lo que hoy conocemos como héroes, íconos o más recientemente celebridades, en todos los aspectos de la cotidianidad humana, ya sea política, militar, artística e incluso, religiosa.
El ego humano, siempre busca sobresalir, triunfar, salir del anonimato y encumbrarse para brillar con luz propia, para ser admirado por muchos, tomado como ejemplo por otros y resistirse a morir a la memoria. Desde la torre de Babel hasta nuestros días queremos ser recordados y reverenciados. La sociedad en la que vivimos ha hecho objeto de culto al hombre exitoso y aun la Iglesia de Cristo no ha escapado a su influencia.
En los albores de la década del 90 un movimiento comenzó a gestarse al interior de las iglesias; el iglecrecimiento, el advenimiento de las ‘superestrellas’ cristianas de talla ‘mundial’, la incorporación de muchas filosofías gerenciales y el auge de los medios de comunicación. Las congregaciones cristianas se toparon de repente con un panorama distinto, la tarea de fondo en la formación de los creyentes cedió paso a la necesidad de ser afanosamente percibidos por la sociedad. Desde aquel entonces la figura de pastor del rebaño fue transformada por la del ungido gerente de una multinacional de la fe, con miles de seguidores, ansiosos por emular los logros de su amado líder, preguntándose constantemente ¿Cómo hizo este hombre para lograr que Dios le obedeciera? El éxito económico, las casas suntuosas, los autos de alta gama sumado a los deslumbrantes destellos de las luces de tarima crearon un prototipo nuevo de hombre de Dios, para una América Latina golpeada y necesitada ¿Qué mejor que vivir el sueño americano en nuestra propia tierra?
Tristemente cedimos. Cedimos nuestra esencia, cedimos nuestra identidad apostólica y como iglesia nos tragamos el viejo cuento de los estereotipos y preferimos, a como diera lugar, plantar nuestros pies y caminar sobre la alfombra roja, saludando a la multitud bajo el destello sonoro de las luces de las cámaras, en vez de seguir las pisadas de Cristo, mirando de lejos y saludando sus promesas bajo la luz de su palabra. Hemos malinterpretado el concepto de trascendencia y lo hemos limitado al reconocimiento en un renglón de la historia de los hombres, -tal y como lo hicieran los imperios de antaño- sin entender que somos peregrinos y extranjeros en este mundo, y que la historia tal y como la conocemos algún día acabará.
¿Es entonces perjudicial la fama? ¿Digno de condena el reconocimiento? Por supuesto que no. Son herramientas que en nuestro caso deben ser usadas para dar honor a quien realmente lo merece, nuestro Señor. El alcanzar algún grado de renombre es bueno cuando entendemos que es Dios quien lo otorga, con una impresionante carga de responsabilidad de nuestra parte. Indiscutiblemente las acciones de la iglesia no pasarán desapercibidas, para bien o para mal. En fin, el prestigio y la notoriedad no pueden ser un fin en sí mismo para la iglesia de Cristo.
Contrario a la fama está el anonimato, visto por la sociedad occidental como una maldición, como un sinónimo de fracaso. ¿Qué es el anonimato en la iglesia? Yo diría que hoy en día es una virtud de la que muchos quieren escapar, pero que es tan necesaria al interior de nuestras congregaciones. Hoy en día muchos quieren ser un David, pero no un Jonatán, ser un Pablo y no ser Tíquico, ser un pastor de multitudes y no un diligente ujier, ser un aclamado profeta y no un devoto intercesor, ser un renombrado músico y no un fiel discipulador de algunas valiosas almas. La verdadera iglesia está compuesta por valiosos anónimos que levantaron el nombre de Jesús sin esperar los aplausos ni los reflectores, a algunos les espera desprecio, torturas y la misma muerte; son esos que no salen con nombre propio en las noticias, son aquellos que saludamos de paso en el culto dominical, pero que su grandeza de carácter supera las lisonjas de la muchedumbre y fueron aquellos cuyos cuerpos yacían en maderos adornando los palacios de Nerón. Son esos desconocidos los que trastornaron mi cabeza y me hicieron entender que el verdadero renombre viene cuando conocemos a Dios “Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice el Señor” (Jer 9:24) Es mucho mejor conocer a Dios y ser conocido por él, que escuchar los vítores y hurras de muchos que son semejantes a nosotros como flor de un día.
Definitivamente no importa mucho el ser anónimo para los hombres si somos protagonistas para Dios, no importa no figurar en los anaqueles de la historia humana, sino en el Libro de la Vida y que nuestra memoria sea como aquel cenotafio, desempolvado por algún loco por Jesús y que al tratar de indagar su contenido advierta que está vacío tal y como lo está la tumba de su Maestro. Eso es grandeza. La grandeza de ser un perfecto desconocido.